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PIEZA DEL MES - JULIO/AGOSTO 2016

 

 

Nuestra Señora del Carmen
Terracota policromada, cristal, plata y madera dorada
60  x 20 x 19 cm 
Manuel Gutiérrez-Reyes Cano
Sevilla
Segunda mitad del siglo XIX

Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

 

La orden de los carmelitas surge en el Monte Carmelo, allá en Tierra Santa en el siglo XII. Y lo hace inspirándose en la vida del profeta Elías y bajo el patronazgo de un icono de Nuestra Señora llevando a su Hijo en brazos.

Pero, las representaciones más frecuentes de la Virgen del Carmen surgen en el Seiscientos, aunque parten de una visión mística medieval: amaneciendo el 16 de julio de 1251, al Prior General san Simón Stock se le aparece la Virgen para entregarle el escapulario de su Orden y prometerle la salvación a quienes muriesen llevándolo.

El escapulario de color pardo, distintivo del hábito carmelitano, es una tira de tela, con una abertura por donde introducir la cabeza, que cuelga sobre el pecho y la espalda. Para el uso de los laicos se redujo a dos pedazos de tela, con simbología carmelita, unidos por cintas para colgar al cuello.

Ambos se ven superpuestos en la efigie mariana, que llevaría otro en su mano para ofrecerlo figuradamente al santo prior, a los fieles o a las ánimas del purgatorio.

La Virgen, representada como una joven de pose elegante, rostro amoroso y ensortijados cabellos, va revestida con el hábito carmelita: túnica y escapulario marrones y capa blanca, ornados con sencillas cenefas y motivos dorados. En su brazo izquierdo porta al Niño Jesús que mira arrobado el rostro de su Madre.

Es una pieza, en barro cocido y policromado, firmada por Manuel Gutiérrez-Reyes Cano (1845-1915), uno de los más reconocidos escultores decimonónicos sevillanos. Autor de una fecunda obra esencialmente religiosa, fue profesor de dibujo y modelado y restaurador de tallas procesionales.

 

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Hasta el 31 de agosto de 2016. Galería alta del Museo

PIEZA DEL MES - JUNIO 2016

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Santa Rosa de Lima
Óleo sobre lienzo
110 x 78.5 cm
Finales del siglo XVII

Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

 

Aunque fue llamada Rosa por ser muy agraciada, en el bautismo (1586) se le impuso el nombre de Isabel y, de apellidos, Flores de Oliva. Tras su muerte (1617) y los procesos de beatificación (1668) y canonización (1671), es conocida como santa Rosa de Lima, patrona del Perú, de América y Filipinas y de la jardinería.

Fue la primera criolla elevada a los altares, pero su ascendencia era extremeña: su padre, de Baños de Montemayor y su abuela materna, de Zafra.

Al profesar como terciaria dominica y mantenerse seglar, habitaba en su casa, donde construyó un cobertizo en el huerto para retirarse. Allí llevó una vida marcada por la oración y la meditación, las visiones místicas y la mortificación y el ascetismo exagerados. Un comportamiento, tan insólito por su desmesura, que no se entendió bien, llegando a soportar críticas, reproches y burlas de familiares y vecinos y el interrogatorio del Santo Oficio.  

En el lienzo, la Santa aparece arrodillada sosteniendo en sus brazos al Niño Jesús con el orbe, al que contempla extasiada, mientras éste le ofrece una rosa. Un dorado rompimiento de gloria baña la escena que evoca una de sus visiones, en la que el Niño se le aparece para tomarla por esposa mística. La columna toscana y la cortina sitúan el suceso en un portal, abierto a una rosaleda.

Una sencilla mesa, a su lado, alude al trabajo manual en el que se ejercitaba y el libro, a sus lecturas devotas. La disciplina y la corona de espinas, sobre la toca monjil, a la dura penitencia que seguía. Y las rosas esparcidas, a las mujeres que, como ella, vivían apartadas del siglo pero no en comunidad.

 

 

Lienzo restaurado durante la campaña de verano de 2015 por el equipo dirigido por el profesor Dr. D. Francisco José Sánchez Concha, Facultad de Bellas Artes, Universidad de Sevilla. Con el apoyo de la Consejería de Cultura del Gobierno de Extremadura, el Excmo. Ayuntamiento de Zafra y los Amigos del Museo y del Patrimonio de Zafra.  

 

                           

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PIEZA DEL MES - MAYO 2016

Alba y cíngulo
Lino, encaje de malla e hilos
150 x 166 cm
Finales del siglo XIX

Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

 

 

El alba es una túnica blanca, de uso común entre los celebrantes cristianos, que se pone sobre la sotana o la ropa ordinaria, y simboliza la pureza sacerdotal.

Tiene su origen, como otros ornamentos litúrgicos, en vestimentas de época romana. Entonces, los hombres, sobre la ropa interior, se colocaban una túnica o camisa de color claro, que llegaba a los talones y tenía mangas hasta las muñecas: era la túnica talaris et manicata, que se ceñía con un cordón. Encima iba la toga.

En la liturgia mantiene su carácter de vestidura inferior, al vestir los clérigos sobre ella la casulla, la dalmática o la capa pluvial.

Con el paso del tiempo, aunque el alba conserva su forma primigenia, tolerará ciertas modificaciones, respecto de las telas con las que se confeccionaba o de su anchura y ornato. Los faldones se volvieron anchos, las mangas se estrecharon. Se adornó con fimbrias de telas suntuosas o bordados. De la lana original se pasó al uso generalizado del lino. Y, desde el siglo XVI, se introdujo el uso de encajes que pasaron a ocupar el tercio inferior del alba y, a veces, la embocadura del cuello y los puños.

Heredero del cordón ceñidor de la túnica romana es el cíngulo o cingulum que se mantiene en la liturgia a la par que el alba. También evolucionó desde una ancha y larga cinta, ajustada con hebilla, a los cordones, rematados en borlas, habituales desde finales del siglo XV.

Su color, a diferencia del alba, puede cambiar con los tiempos litúrgicos y, aunque su simbolismo se vincula a la mortificación de las pasiones, también alude a los azotes con los que fue Cristo flagelado.

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Galería alta, hasta el 31 de mayo

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PIEZA DEL MES - ABRIL 2016

Capa pluvial
Tisú, lienzo, hilos y plata
131 x 274  cm
Siglo XVIII

Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

 

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Las raíces de la capa pluvial se vinculan con la lacerna, un manto usado por los soldados romanos que se abrochaba en el hombro, o con la paenula,  semicircular y abrochada por delante, que utilizaban las clases populares. Por su utilidad, como ambas llevaban un capuchón para la lluvia, se convirtieron en vestimenta común para hombres y mujeres de época imperial.

Desde el Medievo, hechas ya con telas ricas y bordados, mudaron en ornamentos solemnes de uso entre nobles y aristócratas, que después de usarlas podían cederlas a las iglesias.

En la liturgia, los primeros testimonios son del siglo IX y vinculadas al clero en general, para el canto en el coro o las procesiones. Es, de estas ceremonias exteriores y su posible uso para protegerse de la lluvia, de donde le venga su nombre.

Al ir ganando en suntuosidad, la capucha o capillo acabó estorbando y, en el siglo XII, se redujo a una pieza triangular colocada en la espalda bajo la nuca. En el siglo XIV, adoptará la forma de escudo amplio, que gradualmente irá invadiendo la zona central.

La capa pluvial expuesta es sencilla, pero mantiene todos los elementos particulares de la vestimenta: cuerpo semicircular de tisú de plata con sencillas flores en oro a tresbolillo. Cenefa rectangular u orfre, cercada por puntillas a modo de galón, que orna el largo de su diámetro. Y capillo, debajo y a la espalda,  que cuelga de unos corchetes de plata, con bordura de puntillas y una borla pinjante.

Las capas se pueden ajustar con un pectoral o fíbula metálicos, aunque puede prenderse con presillas o tiras de tela en las que va colocado el broche para permitir la vista del alba.

 

 

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 Galería alta del Museo, hasta el 30 de abril