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PIEZA DEL MES - JUNIO 2016

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Santa Rosa de Lima
Óleo sobre lienzo
110 x 78.5 cm
Finales del siglo XVII

Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

 

Aunque fue llamada Rosa por ser muy agraciada, en el bautismo (1586) se le impuso el nombre de Isabel y, de apellidos, Flores de Oliva. Tras su muerte (1617) y los procesos de beatificación (1668) y canonización (1671), es conocida como santa Rosa de Lima, patrona del Perú, de América y Filipinas y de la jardinería.

Fue la primera criolla elevada a los altares, pero su ascendencia era extremeña: su padre, de Baños de Montemayor y su abuela materna, de Zafra.

Al profesar como terciaria dominica y mantenerse seglar, habitaba en su casa, donde construyó un cobertizo en el huerto para retirarse. Allí llevó una vida marcada por la oración y la meditación, las visiones místicas y la mortificación y el ascetismo exagerados. Un comportamiento, tan insólito por su desmesura, que no se entendió bien, llegando a soportar críticas, reproches y burlas de familiares y vecinos y el interrogatorio del Santo Oficio.  

En el lienzo, la Santa aparece arrodillada sosteniendo en sus brazos al Niño Jesús con el orbe, al que contempla extasiada, mientras éste le ofrece una rosa. Un dorado rompimiento de gloria baña la escena que evoca una de sus visiones, en la que el Niño se le aparece para tomarla por esposa mística. La columna toscana y la cortina sitúan el suceso en un portal, abierto a una rosaleda.

Una sencilla mesa, a su lado, alude al trabajo manual en el que se ejercitaba y el libro, a sus lecturas devotas. La disciplina y la corona de espinas, sobre la toca monjil, a la dura penitencia que seguía. Y las rosas esparcidas, a las mujeres que, como ella, vivían apartadas del siglo pero no en comunidad.

 

 

Lienzo restaurado durante la campaña de verano de 2015 por el equipo dirigido por el profesor Dr. D. Francisco José Sánchez Concha, Facultad de Bellas Artes, Universidad de Sevilla. Con el apoyo de la Consejería de Cultura del Gobierno de Extremadura, el Excmo. Ayuntamiento de Zafra y los Amigos del Museo y del Patrimonio de Zafra.  

 

                           

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PIEZA DEL MES - MAYO 2016

Alba y cíngulo
Lino, encaje de malla e hilos
150 x 166 cm
Finales del siglo XIX

Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

 

 

El alba es una túnica blanca, de uso común entre los celebrantes cristianos, que se pone sobre la sotana o la ropa ordinaria, y simboliza la pureza sacerdotal.

Tiene su origen, como otros ornamentos litúrgicos, en vestimentas de época romana. Entonces, los hombres, sobre la ropa interior, se colocaban una túnica o camisa de color claro, que llegaba a los talones y tenía mangas hasta las muñecas: era la túnica talaris et manicata, que se ceñía con un cordón. Encima iba la toga.

En la liturgia mantiene su carácter de vestidura inferior, al vestir los clérigos sobre ella la casulla, la dalmática o la capa pluvial.

Con el paso del tiempo, aunque el alba conserva su forma primigenia, tolerará ciertas modificaciones, respecto de las telas con las que se confeccionaba o de su anchura y ornato. Los faldones se volvieron anchos, las mangas se estrecharon. Se adornó con fimbrias de telas suntuosas o bordados. De la lana original se pasó al uso generalizado del lino. Y, desde el siglo XVI, se introdujo el uso de encajes que pasaron a ocupar el tercio inferior del alba y, a veces, la embocadura del cuello y los puños.

Heredero del cordón ceñidor de la túnica romana es el cíngulo o cingulum que se mantiene en la liturgia a la par que el alba. También evolucionó desde una ancha y larga cinta, ajustada con hebilla, a los cordones, rematados en borlas, habituales desde finales del siglo XV.

Su color, a diferencia del alba, puede cambiar con los tiempos litúrgicos y, aunque su simbolismo se vincula a la mortificación de las pasiones, también alude a los azotes con los que fue Cristo flagelado.

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Galería alta, hasta el 31 de mayo

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PIEZA DEL MES - ABRIL 2016

Capa pluvial
Tisú, lienzo, hilos y plata
131 x 274  cm
Siglo XVIII

Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

 

9

 

 

Las raíces de la capa pluvial se vinculan con la lacerna, un manto usado por los soldados romanos que se abrochaba en el hombro, o con la paenula,  semicircular y abrochada por delante, que utilizaban las clases populares. Por su utilidad, como ambas llevaban un capuchón para la lluvia, se convirtieron en vestimenta común para hombres y mujeres de época imperial.

Desde el Medievo, hechas ya con telas ricas y bordados, mudaron en ornamentos solemnes de uso entre nobles y aristócratas, que después de usarlas podían cederlas a las iglesias.

En la liturgia, los primeros testimonios son del siglo IX y vinculadas al clero en general, para el canto en el coro o las procesiones. Es, de estas ceremonias exteriores y su posible uso para protegerse de la lluvia, de donde le venga su nombre.

Al ir ganando en suntuosidad, la capucha o capillo acabó estorbando y, en el siglo XII, se redujo a una pieza triangular colocada en la espalda bajo la nuca. En el siglo XIV, adoptará la forma de escudo amplio, que gradualmente irá invadiendo la zona central.

La capa pluvial expuesta es sencilla, pero mantiene todos los elementos particulares de la vestimenta: cuerpo semicircular de tisú de plata con sencillas flores en oro a tresbolillo. Cenefa rectangular u orfre, cercada por puntillas a modo de galón, que orna el largo de su diámetro. Y capillo, debajo y a la espalda,  que cuelga de unos corchetes de plata, con bordura de puntillas y una borla pinjante.

Las capas se pueden ajustar con un pectoral o fíbula metálicos, aunque puede prenderse con presillas o tiras de tela en las que va colocado el broche para permitir la vista del alba.

 

 

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 Galería alta del Museo, hasta el 30 de abril

PIEZA DEL MES - MARZO 2016

Jesús Nazareno cargando con su cruz  
Óleo sobre lienzo
82 x 64  cm 
Siglo XVII

Monasterio de Santa María del Valle, Zafra 

 

 

Las representaciones de Jesús con la cruz a cuestas aparecen ya en los primeros siglos del cristianismo, a pesar de que solamente Juan, en su Evangelio, especifica que, tras ser condenado, la cargó camino del Gólgota; mientras que, los otros evangelistas se limitan a apuntar que los soldados romanos echaron mano de un tal Simón de Cirene para que la llevara.

Los Evangelios apócrifos, las visiones de los místicos y el teatro medieval, unido a la difusión por los franciscanos de la devoción al Vía Crucis, acabaron por enriquecer y dramatizar la narración y fijar la iconografía.

A partir de la segunda mitad del siglo XVI, tras los dictados conciliares de Trento, alcanzará una gran difusión; que en los conventos, se verá favorecida, al conocerse la conversación mística entre san Juan de la Cruz y el lienzo del Nazareno, en Segovia.

Cristo aparece representado de medio cuerpo, coronado de espinas, vestido de púrpura y encorvado por el peso de la cruz que apoya sobre su hombro derecho. Su rostro, enrojecido y ensangrentado, no expresa el dolor físico y moral que convendría en una representación realista. La mirada baja, los párpados pesados y los labios cerrados transmiten la aceptación de su sacrificio por la humanidad.

Tampoco carga Jesús la cruz a la manera usual, arrastrando el estipe o madero más largo por la espalda; sino que parece abrazarlo, con la intención de erguirla. Adquiere la cruz, así, un significado triunfal, símbolo de la Redención, más que de instrumento de suplicio.

Como obra devocional, sobre los valores estéticos, prima la voluntad de conmover a los fieles mediante la contemplación tanto del sufrimiento de Cristo, como de su aceptación de la voluntad divina.

 

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Restaurada durante la campaña de verano de 2013 por el equipo dirigido por el profesor Dr. D. Francisco José Sánchez Concha, Facultad de Bellas Artes, Universidad de Sevilla. Con el apoyo de la Consejería de Cultura del Gobierno de Extremadura, el Excmo. Ayuntamiento y la Asociación de Amigos del Museo y del Patrimonio de Zafra.

 

Galería alta del Museo. Hasta el 31 de marzo